Por las sendas de la sociabilidad

 

UN HUMANISMO

INTEGRAL Y SOLIDARIO

 

  Con la presentación de los frutos del Espíritu Santo, que hicimos el mes pasado, y no pretendiendo ser exhaustivos, nos parece que podemos dar por cumplido el compromiso tomado hace ya cuatro años largos de adentrarnos paso a paso en el conocimiento del hombre, tanto a la luz de la razón, como de la fe, es decir, tanto en lo natural, como en lo sobrenatural.

Ahora desearíamos emprender otro estudio íntimamente relacionado con el precedente.

Hace ya algunos años el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, publicó un magnífico “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”. Y nos ha parecido que resultaría muy útil a nuestros lectores que les fuéramos presentando ese libro, como por entregas, acompañado de algunas palabras introductorias y aclaratorias, si fuese necesario.

 

Comienza el Compendio con una introducción, cuyo título es el mismo que hemos dado al presente artículo, en la que alude al inicio del nuevo milenio y a la labor evangelizadora de la Iglesia dirigida a todos los hombres de todos los pueblos, ofreciéndoles la salvación que nos ha obtenido el Hijo de Dios hecho Hombre. Esta salvación es integral, “abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina”, como afirmaba Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris missio, en 1991.

Tras estas ideas desarrolladas en dos breves párrafos, se aborda en los cuatro siguientes, que reproducimos por entero, una primera aproximación al tema propio del documento, a saber la doctrina social de la Iglesia, ofreciéndonos una descripción concreta del significado de la palabra calificada , “doctrina social”. Los seis números van precedidos del subtítulo que encabeza el próximo párrafo. Son textos bellos que invitan a la reflexión y  hasta a la contemplación. Juzgue por sí mismo el lector.

 

a) Al alba del tercer milenio

3 A los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sus compañeros de viaje, la Iglesia ofrece también su doctrina social. En efecto, cuando la Iglesia «cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2419). Esta doctrina tiene una profunda unidad, que brota de la Fe en una salvación integral, de la Esperanza en una justicia plena, de la Caridad que hace verdaderamente hermanos a todos los hombres en Cristo: es una expresión del amor de Dios por el mundo, que Él ha amado tanto «que dio a su Hijo único» (Jn 3,16). La ley nueva del amor abarca la humanidad entera y no conoce fronteras, porque el anuncio de la salvación en Cristo se extiende «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

4 Descubriéndose amado por Dios, el hombre comprende la propia dignidad trascendente, aprende a no contentarse consigo mismo y a salir al encuentro del otro en una red de relaciones cada vez más auténticamente humanas. Los hombres renovados por el amor de Dios son capaces de cambiar las reglas, la calidad de las relaciones y las estructuras sociales: son personas capaces de llevar paz donde hay conflictos, de construir y cultivar relaciones fraternas donde hay odio, de buscar la justicia donde domina la explotación del hombre por el hombre. Sólo el amor es capaz de transformar de modo radical las relaciones que los seres humanos tienen entre sí. Desde esta perspectiva, todo hombre de buena voluntad puede entrever los vastos horizontes de la justicia y del desarrollo humano en la verdad y en el bien.

5 El amor tiene por delante un vasto trabajo al que la Iglesia quiere contribuir también con su doctrina social, que concierne a todo el hombre y se dirige a todos los hombres. Existen muchos hermanos necesitados que esperan ayuda, muchos oprimidos que esperan justicia, muchos desocupados que esperan trabajo, muchos pueblos que esperan respeto: « ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social... ¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del planeta? ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los niños?» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, de 2001, 50-51) 

6 El amor cristiano impulsa a la denuncia, a la propuesta y al compromiso con proyección cultural y social, a una laboriosidad eficaz, que apremia a cuantos sienten en su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre, a ofrecer su propia contribución. La humanidad comprende cada vez con mayor claridad que se halla ligada por un destino único que exige asumir la responsabilidad en común, inspirada por un humanismo integral y solidario: ve que esta unidad de destino con frecuencia está condicionada e incluso impuesta por la técnica o por la economía y percibe la necesidad de una mayor conciencia moral que oriente el camino común. Estupefactos ante las múltiples innovaciones tecnológicas, los hombres de nuestro tiempo desean ardientemente que el progreso esté orientado al verdadero bien de la humanidad de hoy y del mañana.

b) El significado del documento

A continuación, bajo el subtítulo, que acabo de escribir, el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” se presenta como autor del  mismo, asumiendo la plena responsabilidad de la publicación, tras haberla considerado muy útil para que el cristiano pueda, como dice el nº 7, encontrar en la doctrina social de la Iglesia los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción, como base para promover un humanismo integral y solidario. Difundir esta doctrina constituye, por tanto, una verdadera prioridad pastoral, para que las personas, iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y de buscar caminos apropiados para la acción: «La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, (1988) nº 41). Y prosigue

8 Este documento pretende presentar, de manera completa y sistemática, aunque sintética, la enseñanza social, que es fruto de la sabia reflexión magisterial y expresión del constante compromiso de la Iglesia, fiel a la Gracia de la salvación de Cristo y a la amorosa solicitud por la suerte de la humanidad. Los aspectos teológicos, filosóficos, morales, culturales y pastorales más relevantes de esta enseñanza se presentan aquí orgánicamente en relación a las cuestiones sociales. De este modo se atestigua la fecundidad del encuentro entre el Evangelio y los problemas que el hombre afronta en su camino histórico.

Este párrafo 8 termina con una advertencia sobre el diferente valor doctrinal o “grado de enseñanza” de los diversos documentos del Magisterio de la Iglesia utilizados en el mismo, documentos conciliares, encíclicas, discursos de Papas, documentos diversos de los Dicasterios de la Santa Sede. Y reconoce la autoridad de las diferentes Conferencias episcopales para hacer las oportunas aplicaciones a las diversas situaciones locales.

9 El documento presenta un cuadro de conjunto de las líneas fundamentales del «corpus» doctrinal de la enseñanza social católica. Este cuadro permite afrontar adecuadamente las cuestiones sociales de nuestro tiempo, que exigen ser tomadas en consideración con una visión de conjunto, porque son cuestiones que están caracterizadas por una interconexión cada vez mayor, que se condicionan mutuamente y que conciernen cada vez más a toda la familia humana. La exposición de los principios de la doctrina social pretende sugerir un método orgánico en la búsqueda de soluciones a los problemas, para que el discernimiento, el juicio y las opciones respondan a la realidad y para que la solidaridad y la esperanza puedan incidir eficazmente también en las complejas situaciones actuales. Los principios se exigen y se iluminan mutuamente, ya que son una expresión de la antropología cristiana (Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, (1991) nº 55), fruto de la Revelación del amor que Dios tiene por la persona humana. Considérese debidamente, sin embargo, que el transcurso del tiempo y el cambio de los contextos sociales requerirán una reflexión constante y actualizada sobre los diversos temas aquí expuestos, para interpretar los nuevos signos de los tiempos.

10 El documento se propone como un instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que caracterizan nuestro tiempo; como una guía para inspirar, en el ámbito individual y colectivo, los comportamientos y opciones que permitan mirar al futuro con confianza y esperanza; como un subsidio para los fieles sobre la enseñanza de la moral social. De él podrá surgir un compromiso nuevo, capaz de responder a las exigencias de nuestro tiempo, adaptado a las necesidades y los recursos del hombre; pero sobre todo, el anhelo de valorar, en una nueva perspectiva, la vocación propia de los diversos carismas eclesiales con vistas a la evangelización de lo social, porque «todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular» (Juan Pablo II, Exh. ap. Christifideles laici, (1989) nº 15). El texto se propone, por último, como ocasión de diálogo con todos aquellos que desean sinceramente el bien del hombre.

Seguidamente, en los nn. 11 y 12, se indican los destinatarios del Compendio: Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, formadores en general, los fieles laicos y las comunidades cristianas, dentro de la Iglesia católica. “Este Documento se propone también a los hermanos de otras Iglesias y Comunidades Eclesiales, a los seguidores de otras religiones, así como a cuantos, hombres y mujeres de buena voluntad, que están comprometidos en el servicio al bien común.”

Y el nº 12 concluye afirmando que, «Constituye un signo de esperanza el hecho que hoy las religiones y las culturas manifiesten disponibilidad al diálogo y adviertan la urgencia de unir los propios esfuerzos para favorecer la justicia, la fraternidad, la paz y el crecimiento de la persona humana. Y añade,

La Iglesia Católica une en particular el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades Eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico. Con ellas, la Iglesia Católica está convencida que de la herencia común de las enseñanzas sociales custodiadas por la tradición viva del pueblo de Dios derivan estímulos y orientaciones para una colaboración cada vez más estrecha en la promoción de la justicia y de la paz (Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, (1966) nº 92).

 

José Mª Fernández-Cueto, cpcr.